Cinco víctimas de la trata de personas llevaron su drama a las tablas

Cinco víctimas de la trata de personas llevaron su drama a las tablas

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9:42 p.m. | 25 de Julio del 2013

 

'5 mujeres un mismo trato'

Las actrices en uno de los actos de ‘5 mujeres un mismo trato’.

Foto: Archivo particular

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Las actrices son víctimas reales y encarnan en la obra sus propias historias para que no se repita.

Dicen que debajo de la cama se esconden los miedos. Que la cama es sueño, amor y reposo.

Dicen muchas cosas, pero no es así, no para todos. No para Ana, Martha, Claudia, Sandra y Fanny.

Las suyas fueron camas puerta, camas barrote, camas cárcel. Durante años estuvieron atadas a ellas por obligación, por engaño, por miedo.

Ahora lo cuentan en teatro. Son las protagonistas de 5 mujeres, un mismo trato, las actrices de la tragedia que vivieron, cinco víctimas de trata de personas que decidieron romper el silencio y contar su historia para que no se repita.

Trabajaron de la mano con la Fundación Marcela Loaiza, la Oficina de Naciones Unidas contra la droga y el delito (UNODC), el ICBF y Casa Ensamble, donde Alejandra Borrero y Camilo Carvajal se encargaron de la dramaturgia y la dirección.

En el escenario hay poca luz. Solo cinco camas ubicadas en forma vertical frente al público que, puestas así, parecen puertas. Se oyen llantos de un niño y sonidos del mar y de la selva. Luego silencio.

Ana, Martha, Claudia, Sandra y Fanny entran cantando el estribillo de una canción y se ubican frente a cada cama. La cargan sobre sus espaldas. La sueltan y se oye un sonido metálico, el del miedo que cae al suelo y golpea:

Martha

Mi cama es de piedra/ la noche inmensa/ yo tan pequeña.

Martha Corrales es menuda. Habla bajo y su aspecto es el de una señora que ha bordado siempre en su casa y no la de una mujer que vivió en la calle desde los 11 años o fue presa de la mafia de la prostitución japonesa yakuza y regresó a Colombia en una silla de ruedas.

Fue hace mucho tiempo. Más de 30 años. Tenía 24 y varios años de vida trajinada. “Era una vida de persecución, prostitución, pero lo que me pasó después, eso fue una odisea”, cuenta.

Y repite “odisea”, como si en esa palabra resumiera todos los dolores de lo que vivió desde cuando una supuesta amiga le propuso irse a Japón y ella dijo que sí, que claro, por qué no.

Le quitaron su nombre y la llamaron Maricarmen, le pintaron el pelo, la separaron de una hermana con la que viajó y entendió la locura en la que se había metido. La chantajearon con hacerle daño a su hermana.

“Fueron seis meses en los que me fui enfermando; mi cuerpo no estaba diseñado para eso. Y el día que llegó Migración me sentía tan decaída que me quedé quieta para que ellos me cogieran y así logré volver a Colombia”, cuenta Martha, de 56 años, que hoy es una profesional en bordado industrial y una mujer feliz.

Yo soy Martha, la calle, la guerra, el dolor hecho sabiduría, soy el canto celestial y mis ganas de gritar.

Sandra

Yo soy Sandra. La que nunca entendió, soy el orfanato, soy el show, la que bailó sobre el dolor, el renacer, soy mi hijo, soy yo soy… la que es nadie, la que no fue una espada en la guerra, soy eco, olvido, nada.

A Sandra Sánchez le molesta el ruido. No soporta la imagen de un bar al caer la tarde, preparándose para la noche. Le recuerda los años que estuvo obligada a bailar y prostituirse en España, por una mafia que comerciaba con niñas como ella.

Su historia comienza en un internado de monjas en Bogotá, pasa por una casa de familia en Cali, sigue a Colón, en Panamá, y termina en Madrid, adonde la llevaron drogada y en barco, para esclavizarla.

De los tiempos felices recuerda el internado, su primera comunión y la ‘señora’ que la visitaba cada domingo y le llevaba regalos a ella y otras seis niñas con las que compartía afecto.

‘La señora’ la sacó del internado, la adoptó, sin papeles, y se la llevó a trabajar como empleada doméstica de amigas suyas. Una de ellas tenía también un almacén de ropa. Sandra, de 13 años, hacía los mandados; creía que la querían, ella la quería. Por eso cuando la dueña de la casa la invitó a Panamá a comprar mercancía para el almacén, Sandra saltó de la felicidad.

Llegaron allá con otras 16 niñas y no volvió a ver a la mujer que tanto la quería. La había vendido.

“Una noche nos buscaron tres señores negros y vestidos de negro y nos metieron a un barco. De ahí, la verdad, no recuerdo”, dice.

Aparecieron golpeadas y pálidas en una bodega, donde un hombre rubio, con acento español, las saludó y les dio sopa. “Después de 3 días nos mandó al ruedo”.

Sandra se atraganta con sus lágrimas, y el silencio es suficiente para reconstruir los años que pasó allí, donde pedía todos los cocteles de sus compañeras para embriagarse y evitar que le mandaran a algún señor; donde cumplió sus quince años y de donde logró escapar gracias a un conocido que la ayudó.

“Hoy todavía tengo rabia, pero la obra me ha ayudado; se me ha despejado la cara”, dice la mujer, quien se casó y tuvo un hijo que fue a verla en la obra y subió al camerino para abrazarla.

Ana

Soy Ana, la brisa de la sierra y la frescura del Guatapurí, la ingenuidad y la angustia, soy la familia, el sacrificio y la entrega. Ahora soy cocinera y soy actriz.

Es alta y elegante. Una morena con porte y pelo negro, lacio. Se sienta con la espalda recta y cruza las piernas. Nació en Valledupar en medio de la pobreza y se hizo estilista. Tuvo un amor y un hijo.

Un día –cuenta Ana Almenares–, una trabajadora social llegó a su peluquería y le pintó trabajo en Panamá, casa, dólares. Comenzó a soñar con la plata. Vendió, casi regaló su peluquería. Junto con la trabajadora social hipotecó una casa y se fue.

“Ella se fue primero y creo que notó cómo era el trabajo, pero no me dijo nada por la deuda de la casa. Y cuando llegué a Panamá…”

Fueron cuatro meses. Le quitaron el pasaporte, le exigieron más dinero y lloró mucho. Hasta que la rescataron funcionarios de migración que un día llegaron pidiendo documentos y la deportaron.

Ana, la frescura del Guatapurí, se fue con la deuda, volvió con la deuda y sin trabajo. Aterrizó en Bogotá, en el barrio Santa Fe, en un club nocturno y luego en la calle.

“Tenía deudas. Hasta que le pedí a Dios que me sacara, y aparecieron las hermanitas Adoratrices, me ayudaron con cursos de cocina y salí. Ahora soy Ana, cocinera y actriz”.

Fanny

Yo soy Fanny la necia, la locura y la violencia, la niña del campo, la mujer de la celda, la libertad y la torpeza.

Fanny Aguirre nació en Monte Bonito (Caldas), habla arrastrando las eses como paisa, aunque su vida la llevó a Italia, donde estuvo en manos de la mafia.

“No sabía que existía el sexo, se crece en el campo, con la inocencia del viento, educada en la ignorancia, condenada a ser la mucama de una cuadrilla de peones”, dice ella en la obra.

Fanny huyó de esos maltratos de la casa y se empleó como doméstica en Manizales. Una de las dueñas de esas casas la vendió a un prostíbulo en Dagua (Valle).

“Mi virginidad se sorteó en el Valle del Cauca/ puesta en bandeja/ carne tierna para un hombre negro/no me gustó el sexo”, vuelve a decir con fuerza.

Y siguió rodando hasta que llegó a Italia, donde estuvo detenida por cuatro años para volver a Colombia a rehacer su vida y a actuar.

Claudia

Soy el secreto… el silencio diligente, la sagacidad, la justicia. Agazapada, contemplo con desconfianza los gestos, las miradas, los invisibles hilos.

Es también la valentía. A Claudia Guerra la ‘cooptó’, como dice ella, alguien cercano a la familia, una amiga a quien ella creía conocer en su ciudad natal.

La llevaron engañada a otra ciudad y allí, tras seis meses de angustia, de no poder ni gritar y detrás de barrotes, logró escaparse. Tenía 20 años y agallas.

Nobleza también porque en la huida rescató a la mujer que la metió en el problema. Aprovechó que la llevaron al médico por una trombosis que sufrió y convenció a un vigilante de dejarla escapar.

Se fue en un camión y regresó a su casa con sus hijos y su familia.

“Tenía rabia con ella, pero no la podía dejar ahí. Estaba embarazada y la iban a obligar a abortar”, cuenta Claudia esta historia de silencio que guardó por 4 años y hace uno decidió denunciar y hablar de ella con un funcionario de las Naciones Unidas.

Han pasado siete años y su caso sigue impune, pero el teatro, dice, ha sido la bendición.

“Lo más denigrante era que me decían princesita, que no me dejaran acercar a la puerta. Por eso la parte que más me gusta de la obra es cuando digo: ahora soy y puedo acercarme a la puerta”.

Claudia es actriz de profesión, ha hecho una vida, ha contado con su madre, un hombre paciente a su lado y dos hijos.

“Entiende mis temores, mis pesadillas”, dice Claudia, quien espera que la obra sensibilice y “que no haya más Anas, Marthas, Claudias, Sandras ni Fannis”.

CATALINA OQUENDO B.
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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